Category Archives: Críticas recuperadas

Catálogo de las miserias humanas: Viridiana (1961), de Luis Buñuel

 

Además de ser considerada como una obra-gozne dentro de su trayectoria fílmica, Viridiana también se convirtió en una película decisiva para la Historia del cine español, el inicio de una época más proclive a la apertura que determinó el inicio de una regeneración de las normas de la censura.

Lo cierto es que el poder subversivo de la obra de Buñuel continúa permaneciendo intacto en la actualidad, de manera que siguen sorprendiendo planos tan osados como el que muestra a la novicia Viridiana quitándose las medias de manera sensual y descubriendo sus piernas, el que detalla cómo la joven coge entre sus manos, casi de manera pecaminosa, la ubre de una vaca e inicia un movimiento de connotaciones masturbatorias, o el que nos revela al personaje de Fernando Rey probándose el vestido de novia de su mujer muerta adquiriendo una dimensión fetichista. En realidad, toda la película se encuentra repleta de instantes con perturbadoras connotaciones sexuales que se agazapan bajo el subtexto narrativo: el  voayerismo de don Jorge, incluso de la pequeña Rita, siempre agazapada observando las perversiones a las que se entregan los adultos, la insistente perturbadora presencia de Ramona, primero consagrada a la fidelidad de su amo y después convertida en amante de su hijo, el masoquismo de Viridiana y su ritual religioso antes de dormir, con la cruz y la corona de espinas que más tarde terminarán por convertirse en fuego, el latente deseo presente en todos y cada uno de los personajes, el aliento fantasmagórico y necrófilo que late en la escena de la “violación frustrada” de Viridiana por parte de su tío, que contrasta con la fisicidad imperativa del posterior intento de violación que vuelve a sufrir la joven por parte de los mendigos, mucho más cruento y real…. Todo un sinfín de resonancias que confieren a la película de una rebosante densidad conceptual.

 

 

Buñuel lanza una mirada feroz contra la beatería,  la hipocresía que lleva implícita la caridad cristiana, la virtud eclesiástica y la pureza espiritual, todo ello representado en la figura de Viridiana y su choque frontal con el universo de los desheredados, del pueblo que pasa hambre, que tiene necesidades precisas y no siente respeto por las instituciones sociales y los remilgados modales parroquianos, que se enorgullece de sus bajos impulsos y que no tiembla a la hora de erigirse en verdugo de su benefactora. Viridiana se convierte en realidad en un sórdido catálogo en el que se exponen las miserias humanas, todos los personajes son en realidad mezquinos y ocultan su verdadero rostro bajo una pátina de hipocresía. Todos los personajes son cuestionados bajo la cínica mirada del director, que orquesta un cruel retrato de la España franquista, reconcomida por la culpa y lastrada por la represión y la sumisión; un retrato tan negro y cruel que podría asemejarse a cualquier pintura negra de Goya y del que no se salva ninguna de las clases sociales que aparecen.

Kinatay (2009) y Lola (2009), de Brillante Mendoza

 

 

En 2009 el director de origen filipino Brillante Ma. Mendoza alcanzó un notable reconocimiento internacional gracias a Kinatay, película con la que logró alzarse con el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes. Nos encontramos ante una película asfixiante, de naturaleza perturbadora, en la que el cineasta se sumerge en los males endémicos que asolan a la sociedad filipina al mismo tiempo que realiza un retrato desolador de la naturaleza humana. Comenzamos nuestro itinerario de día, y seguimos al joven Peping durante la jornada de su boda en un recorrido zigzageante por las calles de Manila, rebosantes de vida, de caótica y frenética actividad diaria. Es momento para la ilusión, para la esperanza de un nuevo camino que comienza (Peping está a punto de licenciarse como policía y espera un hijo de su ahora esposa). Un marco donde todavía tiene sentido la inocencia de la juventud. Pero llega la noche y se tiñe de sombras. Se convierte en el perfecto escenario para actuar con impunidad, para ejercer el mal. Peping acompañará a un comando de policía para completar sus prácticas en la Academia y ahí es cuando se encontrará de bruces con el horror. Sus nuevos compañeros, ejercerán la violencia y la extorsión a cambio de dinero, convirtiéndose en una peligrosa mafia callejera que contará con la impunidad del abuso de poder para conseguir sus propósitos. Un descenso a los infiernos, un viaje al corazón de las tinieblas y de la perversión moral, claustrofóbico y asfixiante, en el que el director demuestra un pulso narrativo impecable a la hora de mantener una malsana tensión ambiental, siempre al borde de la náusea, de la arcada emocional como fiel reflejo de los albores del fin de la civilización, que es precisamente lo que parece desprenderse del visionado de la película. Y es que no hay nada más apocalíptico que comprobar la perturbadora capacidad del mal para adueñarse de la especie humana.

 

 

Tras este durísimo viaje iniciático, Brillante Ma. Mendoza cambió de registro en Lola, un homenaje a toda una generación de mujeres que, aunque ya ancianas, han continuado constituyendo el núcleo más activo e implicado de la población, aquellas capaces de tirar de sus familias y de luchar por cada uno de sus miembros. Precisamente la cara opuesta del atónito joven Peping de Kinatay, mujeres curtidas por la vida a la que ya nada les sorprende y que tienen como único motor luchar por aquellas personas que aman. De alguna forma, Lola también escarba en las miserias de una sociedad huérfana de madres, en la que los hijos vagan sin un rumbo determinado. Lola demuestra la capacidad inquisitiva de Mendoza a la hora de utilizar la cámara en el seno de un escenario en continuo movimiento, tan vivo y desconcertante como las calles de Manila, practicando un estilo de raigambre social que le acercaría al cine de Ken Loach. Quizás le falte la rigurosidad y la concreción formal de Kinatay, y el sentido del humor que latía en Serbis, pero sin duda constituye una muestra del talento del director a la hora de elaborar una planificación secuencial milimétrica dentro del caótico polvorín que supone rodar en un paisaje urbano tan opresivo como agónico. Así, el empeño de dos abuelas (“lolas” según la jerga local), en ayudar a sus respectivos nietos (una para vengar la muerte de uno y otra para defender al asesino del otro) se convertirá en una pequeña odisea, casi como si de un film de supervivencia se tratara, que las enfrentará a las instituciones, a sus prejuicios y a su propia dignidad ética.

Insidious (James Wan, 2010)

 

A pesar de contar todavía con una escasa trayectoria fílmica, James Wan se ha convertido en una de esas jóvenes promesas que parecen destinadas a reformular las bases del cine de terror contemporáneo y que ha logrado incluso erigirse como uno de los autores de culto de cierto sector de la cinefilia adicta al género.

Wan inició sus pasos integrándose a la perfección dentro de una generación de cineastas que convirtió la tortura y el sadismo en las claves configurativas de un nuevo estilo de terror en el que se retrocedía a las bases estilísticas del cine de los años setenta y del american gothic al mismo tiempo que se asimilaba la esencia sadomasoquista y la brutalidad psicótica procedente de directores asiáticos tan influyentes como Takashi Miike, a través de un estilo mucho más sucio, áspero y seco, en el que la truculencia de la sangre y las vísceras volvía a tomar protagonismo después de haber sido relegada a un segundo plano durante la descafeinada década de los noventa. Directores como Eli Roth, Lucky McKee, Neil Marshall, Victor Salva, Marcus Nispel, Alexandre Aja, Rob Zombie y el propio Wan contribuyeron a revitalizar el género a través de ficciones cargadas de virulencia que de alguna manera pretendían convertirse en reflejo irónico de la siempre criticable enfermedad moral que asola las sociedades modernas. En parte, la primera entrega de la saga Saw dirigida por James Wan y escrita por Leigh Whannel venía a situarse como un fiel reflejo de ese efervescente panorama dentro del cine de terror norteamericano, sin embargo, el tándem pronto confirmaría que sus preferencias cinematográficas abarcaban registros diferentes a los practicados por sus compañeros del Splat Pack, asentándose en su siguiente film, El silencio desde el mal en territorios mucho más clásicos, llegando a emular de manera nostálgica los ambientes lúgubres y los personajes atormentados de la factoría Hammer y la Universal a través de un estilo que no por resultar más o menos mimético dejaba de conferirle una extraña voluntad de reescritura posmoderna.

 

 

En Insidious el mecanismo de reabsorción de los códigos pretéritos vuelve a ponerse de manifiesto asumiéndose de manera totalmente autoconsciente y premeditada, esta vez no solo para practicar la simple imitación, sino para reflexionar sobre sus propios límites. De esta forma, director y guionista evocan los clichés de las películas de fantasmas y posesiones demoníacas, casas encantadas y sesiones de espiritismo para ofrecer un arsenal de referencias cinéfilas que se convierten en uno de los festines de la función: desde la inevitable Poltergeist y las precursoras The Haunting (Robert Wise) y Carnival of Souls pasando por las diferentes versiones de Terror en Amitville hasta desembocar en el universo truculento de Clive Barker y en los ambientes bizarros y con un alto componente de surrealismo atmosférico heredados de Mario Bava y Dario Argento.Sin embargo, a pesar de practicar un constante ejercicio evocador hacia esas referencias ineludibles, el director consigue envolver la película de una poderosa personalidad que se pone de manifiesto desde el momento que percibimos el control absoluto que demuestra al orquestar una puesta en escena extremadamente precisa y una modulación temporal perfectamente sincronizada a las necesidades estilísticas en las que se divide la narración.

En la primera parte, Wan despliega un refinado mecanismo formal, clásico y armonioso, con movimientos de cámara elegantes que determinan sutilmente una progresiva tensión atmosférica que va desplegándose hasta explotar en una serie de secuencias en las que termina por desatarse el horror. El resquebrajamiento paulatino de una familia a partir de los misterios acontecimientos que comienzan a tener lugar a su alrededor, se encuentra en un primer momento narrado desde la mirada aterrada de la madre. Sin embargo, a medida que nos adentramos en la segunda capa de la película, ésta deja de tener protagonismo hasta prácticamente quedar diluida, convirtiéndose el padre, que hasta ese momento había permanecido desplazado, en el auténtico núcleo de la trama. Al mismo tiempo que esto ocurre, el director comienza a abandonar el orden estructural con el que había comenzado el relato para insertarse en los dominios de la anarquía estilística, como si poco a poco, el terreno de lo fantástico fuera cobrando protagonismo hasta llegar a un determinado punto en el que termina por ganar la partida. Nos adentramos entonces en un submundo en el que prima la confusión, en el que los fantasmas que antes aparecían como sombras adquieren contornos e intenciones precisas hasta insertarse dentro de un espectáculo de feria en el que la fuerza expresiva del grandguinyol, del absurdo, gana la partida a la razón.

Cahiers du cinéma-España número 46, junio 2011