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Kinatay (2009) y Lola (2009), de Brillante Mendoza

 

 

En 2009 el director de origen filipino Brillante Ma. Mendoza alcanzó un notable reconocimiento internacional gracias a Kinatay, película con la que logró alzarse con el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes. Nos encontramos ante una película asfixiante, de naturaleza perturbadora, en la que el cineasta se sumerge en los males endémicos que asolan a la sociedad filipina al mismo tiempo que realiza un retrato desolador de la naturaleza humana. Comenzamos nuestro itinerario de día, y seguimos al joven Peping durante la jornada de su boda en un recorrido zigzageante por las calles de Manila, rebosantes de vida, de caótica y frenética actividad diaria. Es momento para la ilusión, para la esperanza de un nuevo camino que comienza (Peping está a punto de licenciarse como policía y espera un hijo de su ahora esposa). Un marco donde todavía tiene sentido la inocencia de la juventud. Pero llega la noche y se tiñe de sombras. Se convierte en el perfecto escenario para actuar con impunidad, para ejercer el mal. Peping acompañará a un comando de policía para completar sus prácticas en la Academia y ahí es cuando se encontrará de bruces con el horror. Sus nuevos compañeros, ejercerán la violencia y la extorsión a cambio de dinero, convirtiéndose en una peligrosa mafia callejera que contará con la impunidad del abuso de poder para conseguir sus propósitos. Un descenso a los infiernos, un viaje al corazón de las tinieblas y de la perversión moral, claustrofóbico y asfixiante, en el que el director demuestra un pulso narrativo impecable a la hora de mantener una malsana tensión ambiental, siempre al borde de la náusea, de la arcada emocional como fiel reflejo de los albores del fin de la civilización, que es precisamente lo que parece desprenderse del visionado de la película. Y es que no hay nada más apocalíptico que comprobar la perturbadora capacidad del mal para adueñarse de la especie humana.

 

 

Tras este durísimo viaje iniciático, Brillante Ma. Mendoza cambió de registro en Lola, un homenaje a toda una generación de mujeres que, aunque ya ancianas, han continuado constituyendo el núcleo más activo e implicado de la población, aquellas capaces de tirar de sus familias y de luchar por cada uno de sus miembros. Precisamente la cara opuesta del atónito joven Peping de Kinatay, mujeres curtidas por la vida a la que ya nada les sorprende y que tienen como único motor luchar por aquellas personas que aman. De alguna forma, Lola también escarba en las miserias de una sociedad huérfana de madres, en la que los hijos vagan sin un rumbo determinado. Lola demuestra la capacidad inquisitiva de Mendoza a la hora de utilizar la cámara en el seno de un escenario en continuo movimiento, tan vivo y desconcertante como las calles de Manila, practicando un estilo de raigambre social que le acercaría al cine de Ken Loach. Quizás le falte la rigurosidad y la concreción formal de Kinatay, y el sentido del humor que latía en Serbis, pero sin duda constituye una muestra del talento del director a la hora de elaborar una planificación secuencial milimétrica dentro del caótico polvorín que supone rodar en un paisaje urbano tan opresivo como agónico. Así, el empeño de dos abuelas (“lolas” según la jerga local), en ayudar a sus respectivos nietos (una para vengar la muerte de uno y otra para defender al asesino del otro) se convertirá en una pequeña odisea, casi como si de un film de supervivencia se tratara, que las enfrentará a las instituciones, a sus prejuicios y a su propia dignidad ética.